A propósito del lenguaje inclusivo

No hace mucho se hizo pública la postura de la Real Academia de la Lengua española respecto al lenguaje inclusivo. La mayoría de los titulares de la prensa generalista afirmaban que la RAE rechaza el lenguaje inclusivo. Esto no es cierto. O, al menos, como siempre, no lo es del todo.




La postura de la RAE es, aunque conservadora, un poco más compleja. Cierto es que siguen defendiendo, desde un punto de vista puramente gramatical, que el masculino genérico no es un masculino de genero. Y en esto, en mi opinión, tienen razón. Pero hasta aquí mi posicionamiento junto a la RAE.

Darío Villanueva defendía la postura de la institución que dirige afirmando que «el problema es confundir la gramática con el machismo». Este tipo de afirmaciones me hace pensar siempre en dos frases de Ludwig Wittgenstein. La primera dice: «Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo». La otra: «Una proposición solo puede decir cómo es una cosa, pero no qué es ella».

No voy a abordar en este artículo la segunda máxima, pues explicar la filosofía de este autor escapa a los propósitos del mismo y, tengo que reconocerlo, a mis capacidades. Pero sí que me gustaría detenerme en la primera porque, si el lenguaje nos limita, limitamos nuestro mundo.

Así, si nuestro lenguaje no incluye a una parte de la sociedad, estamos dejando a esa parte de la sociedad fuera de nuestro mundo. Desde un punto de vista social esto es un desastre, pues estaríamos aceptando la exclusión como algo normal o inevitable. Desde el punto de vista de la comunicación, un error: ¿de verdad que solo queremos comunicarnos con una parte de la población?

Porque la realidad es que, le guste o no a la RAE, hay gente, cada vez más, que no se siente representada por la gramática española o por el uso que hacemos de ella. ¿Qué ocurre cuando una parte de la sociedad tiene menos derechos que otra a causa de una ley excluyente? Esta ley se reforma o se crean otras, como ocurrió, por ejemplo, con la ley del matrimonio igualitario. Y, ¿qué es la gramática sino un conjunto de reglas?

Ahora bien, en mi opinión, esas reglas no se pueden reformar por decreto, sino por consenso. Tiene que ser la comunidad de hablantes la que cambie la lengua, ya que esta es la única garantía de éxito de esos cambios. La RAE no acepta en su diccionario una palabra como «amigovio» porque lo hayan decidido sus académicos: la aceptan porque una parte significativa y representativa de la sociedad la ha incorporado a su lexicón.

Por otro lado, la RAE también rechaza el uso de alternativas como la «x», la «e» o el @ para marcar o no marcar el género de una palabra (y aquí seguimos con el dilema de si el género de las palabras es gramatical o designa al género de la persona a la que se refiere). En este punto también estoy de acuerdo con la academia: estas aparentes soluciones dificultan la lectura y la pronunciación y son ajenas a la mayoría de la población.

Como lingüista, no creo que el lenguaje sea inamovible ni que este se estropee por aceptar los cambios propios del progreso de la sociedad; no obstante, deformar morfemas a nuestro parecer, sin un criterio claro, puede ser un problema para que, como decíamos en el ejemplo de más arriba, una parte significativa y representativa de la sociedad lo incorpore a su uso cotidiano.

¿Qué podemos hacer, entonces, para usar un lenguaje inclusivo? Por ejemplo, no hacer referencia al género cuando te diriges a un colectivo de personas o a una persona que no conoces. Además, el lenguaje machista no se manifiesta solo en el uso del masculino genérico, sino en frases como: «Todo el personal fue a la comida de Navidad, desde los directivos hasta las limpiadoras». Asociar unos trabajos y puestos a los hombres y otros a las mujeres es una forma de lenguaje machista que hay que evitar y que se puede evitar.

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