Mujeres trabajadoras y cuidadoras

Tradicionalmente las mujeres han sido ubicadas en el espacio doméstico, que es donde acontece la vida privada y se realizan todas las actividades de cuidado, crianza, apoyo, afecto, etc. Es decir, al lugar donde se realizan las actividades necesarias para cubrir las necesidades personales. Por otro lado, a los hombres se les han asignado trabajos productivos remunerados en el espacio público y la toma de decisiones en la esfera pública.




Al naturalizar esta idea pensamos que son categorías inamovibles y universales, es decir, que siempre han sido, son y serán así en todas partes. Y es que cambiar esto es lento y complicado. De hecho, la mayoría de las tareas domésticas las siguen realizando las mujeres, aunque también trabajen fuera de casa. A decir verdad, ellas dedican más del doble de tiempo que ellos a tareas domésticas y de cuidados.

Por eso, el acceso de las mujeres al mercado laboral hace para ellas prácticamente imposible la conciliación de lo personal, familiar y laboral, llegando a tener doble jornada laboral y sacrificando su tiempo personal tanto de ocio como para poder ejercer su ciudadanía en iguales condiciones que los hombres. Y es que ese tiempo libre del que disfrutan los hombres es a costa del tiempo personal sacrificado por las mujeres.

Vemos que en este escenario, las mujeres se llevan la peor parte, puesto que sacrifican su tiempo personal, tan necesario no sólo para su bienestar y salud, sino también para dedicarlo a formación o a participación ciudadana. Sin tiempo para todo ello, las mujeres siguen siendo unas ciudadanas de segunda. Así, el reparto equitativo (la corresponsabilidad) de las tareas domésticas entre mujeres y hombres es un asunto de la vida privada, pero es también un asunto de la vida pública.

Y es que la entrada masiva de la mujer al mercado laboral ha puesto de manifiesto una serie de desigualdades de género, algunas de las cuales han dado lugar a problemas de discriminación. Por ejemplo, las mujeres se concentran en las categorías profesionales más bajas, teniendo más dificultades que los varones para promocionar (segregación vertical).

Lo interesante de la cuestión, es que en los últimos cuarenta años se ha producido un avance vertiginoso en la incorporación de la población en general a todos los niveles del sistema educativo, pero muy especialmente de las mujeres. Muestra de ello es la presencia masiva de las mujeres en los niveles educativos superiores.

De hecho, en España en el año 2018, el porcentaje de mujeres graduadas en educación superior era un 53,6% y el de hombres 46,4%, y obteniendo ellas mejores calificaciones que ellos. Esto quiere decir que la formación no es la causa de que las mujeres ejerzan los trabajos más precarios y medren menos que sus compañeros varones.

Entre las causas de este hecho destacamos que siguen siendo las mujeres quienes más se encargan del cuidado de familiares, lo que coarta su vida profesional, laboral y por tanto su independencia económica. Son ellas las que abandonan sus puestos de trabajo y sus profesiones por la mera razón de cuidar de sus hijas e hijos o de otros familiares a su cargo. Por contra, la mayoría de hombres pueden continuar en el mercado laboral y seguir desarrollando su faceta profesional y de independencia económica.

Para poder compatibilizar la vida laboral y familiar son ellas, las mujeres, las que en su mayoría aceptan esos trabajos más eventuales y a tiempo parcial para poder tener tiempo de dedicación a la casa y al cuidado, en contra de los hombres que siguen ostentando la mayoría de contratos a tiempo completo.

Por ello, las políticas de conciliación son herramientas útiles para conseguir la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres.

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